Economía colaborativa, colonialidad de datos y mujeres racializadas

Gabriela González Ortuño

Durante siglos, el trabajo establecido como femenino ha sido una forma de extraer valor sobre el plusvalor de los asalariados de las unidades doméstica. Es decir, además de que el empleador extrae valor del trabajo de una persona asalariada a este se acumula el valor del trabajo de las mujeres que han mantenido a los trabajadores presentables y con-tar con buenas condiciones para incorporarse al trabajo, esto sin recibir ninguna paga. A través del trabajo que las mujeres hacen para sostener a los trabajadores por medio de labores de cuidado, afectivas y de mantenimiento del espacio doméstico que no son remunerados se ha llevado a cabo un largo proceso de acumulación capitalista, esto a pesar de que las labores feminizadas han comenzado procesos de mercantilización con la incorporación de millones de mujeres al campo laboral asalariado después de la Segunda Guerra mundial. El despojo de salarios, así como la no paga de las labores confinadas a los espacios construidos como privados y el establecimiento de políticas de reproducción son par-te de los factores que han contribuido para la desvalorización del trabajo construido como femenino (Federici, 2004).

Las labores de cuidado y el trabajo doméstico han sido consideradas como actividades con poco valor social ya que, en apariencia, no generan una ganancia, aunque éstas son las que permiten producir y reproducir a la mano de obra (Federici, 2013). Son muchos los estudios de diversas autoras que han demostrado el valor social y el impacto económico de los trabajos feminizados (De Barbieri, 2017) (Federici, 2013) (Rodríguez Enríquez, s/a) que muestran los cambios en los mercados laborales y las posiciones de las mujeres dentro de ellos, en especial en la llamada economía colaborativa, es decir, un mercado laboral que surge con la idea del intercambio de bienes y servicios entre pares a través de la mediación de una aplicación (app). Las mujeres se han unido al mercado laboral masivamente, sin embargo, es conocido que han estado sometidas a dobles y triples jornadas agravadas por las desigualdades sociales de género, etnia, nacionalidad y de clase, en muchos casos por mero origen geo-gráfico como las trabajadoras migrantes del Sur al Norte global, en donde padecen condiciones de explotación mucho más intensas para ellas. Quienes se han concentrado en estas mujeres dan cuenta de la migración desigual y de las condiciones dadas en los lugares de arribo (Sassen, 2003) (Brah, 2011).

Nos encontramos con que hacia finales del siglo XX y principios del XXI los merca-dos laborales se han transformado: las organizaciones que emplean mano de obra (empresas, instituciones gubernamentales, fábricas) ya no ofrecen un horario establecido y un salario fijo, las prestaciones se desdibujan y, desde su perspectiva, se vuelven flexibles y menos verticales (Moruno, 2018). Las culturas laborales también se han modificado y los modelos de enrolamiento y permanencia utilizan discursos basados en factores emociona-les y afectivos que son funcionales para sostener las condiciones precarias de trabajo (Lordon, 2015) (Santamarina, 2018). Vale la pena decir que estas formas de reorganización laboral traen consigo el arrasamiento de varios de los derechos laborales y sociales gana-dos los siglos anteriores para el grueso de personas asalariadas. En este contexto, encontramos modelos de empleo como el freelance, el outsourcing y la economía colaborativa como formas de agregarse a este panorama laboral que no genera antigüedad, derechos de pensión para el retiro o servicio médico de calidad.

En este panorama, aunque las mujeres han incrustado masivamente en los mercados laborales, la diferencias entre ingresos y posiciones de decisión que ocupan las mujeres son desiguales desiguales, los cuales son descritos en términos como techo de cristal que refiere a la imposibilidad de las mujeres de llegar a las posiciones más altas de las organizaciones laborales; techo de cemento que tiene que ver con las cuestiones personales que llevan a las mujeres a frenar su carrera laboral; suelo pegajoso que refiere al sentimiento de culpa de las mujeres que avanzan en sus carreras profesionales y; muro de palabras, como la forma distinta que tienen las mujeres de comunicarse y moverse hacia el interior del mercado laboral respecto a las actitudes masculinas (Bernal & Taracena, 2012). Así mismo, esto ha ocasionado un hueco en las labores de cuidado y de compañía que, por un lado, somete a las mujeres a dobles y triples jornadas laborales y, por otro, mercantiliza estas labores (Hochschild, 2013).

DOI: https://doi.org/10.36253/ccselap-13468

Read Full Text: https://oajournals.fupress.net/index.php/ccselap/article/view/13468

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