Los mecanismos de la radicalización y la historia de vida como recurso para la prevención

Donatella Donato, Universitat de València

Maria García Rovira, Presidenta de la plataforma “Arremora”

Patricia Lledó Cabrera, Socióloga especializada en Educación y dinamización socio comunitaria

Clara Teixidó Orriols, Educadora social en el ámbito de menores y personas refugiadas

En el libro Islamofobia: nosotros, los otros, el miedo (Alba, 2015), se identifican tres mecanismos, a través de los cuales se construye la visión del “otro”. El primer mecanismo, consiste en reducir una multiplicidad a una unidad, como es el caso del islam, se aplica una generalización que no permite interpretar realmente el mundo de una religión tan ramificada, con muchas escuelas de interpretación coránica y características culturales peculiares entre los países diferentes. El segundo mecanismo, una vez que la multiplicidad se ha reducido a la unidad, es considerar esta unidad como negativa. Nosotros como una unidad positiva, democrática y civilizada y los otros, el islam, por ejemplo, como una unidad negativa. En cuanto al tercer mecanismo, éste consiste en considerar esta unidad no sólo negativa, sino también inasimilable. Se determina un patrón de exclusión y en lugar de buscar un vínculo, un punto, un encuentro, se alimenta la distancia entre las personas, construyendo un sujeto no integrable y una interiorización silenciosa de la inferioridad (Alba, 2015).

El peligro es construir un falso enemigo y es así, como comunidades enteras son consideradas, incómodas, formadas por intrusos, desviando sobre ellas las responsabilidades de todo un sistema que produce discriminación, desigualdad, pobreza. Se trabaja en la radicalización de una determinada imagen de la alteridad, una rigidez extrema basada en la ecuación entre inmigración, desorden social, delincuencia y terrorismo, utilizando los grupos más adecuados para determinados tipos de representaciones, ya que van precedidos de clichés históricamente bien enraizados, es el caso de los migrantes, las comunidades musulmanas o el pueblo gitano. Al no considerar conscientemente las verdaderas relaciones de poder que manejan la vida de las personas, terminamos manipulando las emociones para buscar un chivo expiatorio, generando caos y violencia, alimentando esas formas especializadas de racismo que son cada vez más poderosas y agresivas.

Por un lado, hay un populismo que proviene de falsas alarmas sociales, el temor de que las personas extranjeras puedan venir aquí a robar nuestros trabajos, a recibir ayudas y subsidios del Estado mientras los ciudadanos nacionales pagan impuestos y son abandonados. Por otro lado, están las consecuencias reales de las estrategias implementadas por las grandes potencias para fomentar los desequilibrios mundiales y las soluciones bélicas. Este sistema capitalista, patriarcal y colonizador sigue alimentando la desigualdad, la frustración, la ira, por las injusticias de ayer o por las humillaciones de hoy (Herrera, 2018). Ocultando los intereses geopolíticos y la inconfesable avaricia económica, multiplicando las manos asesinas e irrigando el odio.

Estamos asistiendo al punto de no retorno de la decadencia de Occidente, se están levantando muros, se están resucitando los nacionalismos, se reavivan los llamamientos a la pureza de la identidad y mientras tantos, miles de personas mueren intentando llegar a nuestras costas, subirse a un tren o hacinadas en camiones. Esto lleva a la paradoja, según la cual, se fomenta el viaje por motivos de lucro y se le condena por motivos de supervivencia. Un derecho, pero no para todos, donde la movilidad celebrada es una movilidad unidireccional, donde la mixo-fobia y, por lo tanto, el terror a la mezcla y la contaminación degenera en una cultura de odio (Bordoni, 2020). En un momento en que las certezas se vuelven incuestionables, como sucede a menudo cuando la emocionalidad reemplaza al análisis critica, es conveniente abundar en dudas y preguntas y es necesario, como siempre, mirar lo más posible a los hechos y ponerlos en el centro de la escena y de la investigación. Las cosas nunca son tan simples como las emociones nos llevan a creer y a menudo incluso los agresores se perciben a sí mismos como víctimas (Celestini, Lega, 2012).

Si es cierto que el racismo polariza, el cambio se estructura en el construir puentes entre pueblos, religiones y culturas. La integración pasa por la reflexión sobre un objetivo común, que sólo puede alcanzarse con una planificación colectiva y estructurada. Fomentando el aspecto asociativo, de intercambio, de respeto entre las comunidades, poniendo en marcha acciones concretas para reunir energías positivas. Consideramos necesario, trabajar en la idea de la traducción intercultural como un proceso que consiste en crear una dialéctica mutua entre las diferentes experiencias de estar y ser en el mundo, para no destruir ni homogeneizar la diversidad (Vila, 2013). Hablamos de hermenéutica diatópica, como una posibilidad que consiste en el encuentro, en el diálogo entre culturas, con el fin de identificar las preocupaciones, las necesidades, los puntos complementarios y reconocer conjuntamente las causas reales de la condición de pobreza, de discriminación, de desigualdad. En este proceso de traducción, se supone que la propia cultura puede ser incompleta, una incompletitud ya expresada en el lenguaje. Y es propiamente esta conciencia, la que hace posible una interpretación entre dos o más culturas, no para lograr una completitud monolítica, sino para aumentar la conciencia de la completitud mutua y establecer un diálogo (Achugar, 2021).

La traducción se consigue estructurando un espacio intermedio que se articula sobre la diversidad como riqueza, un tercer espacio, un lugar teórico y simbólico donde se anulan los antagonismos entre dominadores y dominados en el concepto de hibridación cultural, que incluye la diferencia y representa el presupuesto para un encuentro constructivo entre culturas sin jerarquías impuestas (Bhabha, 2012). En este proceso de traducción, encuentro, diálogo se va definiendo un mundo que no tiene un sentido único, porque es un sentido de todos/as; no puede ser tampoco un sentido impartido, creado, diseñado, concebido en el norte global e impuesto al resto del mundo. De este modo, se aspira a consecuencias políticas, sociales y también educativas, para crear una sociedad más libre y justa, bajo las formas de justicia cognitiva y social, desracialización y humanización, interculturalidad y paz.

DOI: https://doi.org/10.36253/rief-10479

Read Full Text: https://oaj.fupress.net/index.php/rief/article/view/10479

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